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Bogotá,
enero de 2006.
Tomado de la Revista Semana
http://semana.terra.com.co/opencms/opencms/Semana/articulo.html?id=92448
Entre
Mozart y la Chirimía
Desde
que la Orquesta Sinfónica Nacional decidió volverse
verdaderamente nacional y salir de las salas de concierto
para recorrer el país, ya no es la misma
Por Natalia Carrizosa.
Hace mucho calor y unos 80 músicos vestidos de guayabera
de rayas y pantalón caqui, ya han afinado sus instrumentos.
El director de la Orquesta Sinfónica Nacional levanta los
brazos para que empiece el concierto. Es el evento del siglo en
Quibdó y la Catedral San Francisco de Asís, una imponente
iglesia crema, dorado y verde al borde del Atrato, está a
reventar. Pero entonces una señora del público interrumpe
al maestro. "Perdón, perdón. yo tengo una pregunta",
grita. - "Sí, claro, ni más faltaba", le
dice el director Alejandro Posada mientras baja los brazos y se
voltea para darle toda la atención que se merece.
Antes
de la interrupción el maestro, que contra todo cliché es
joven y sonriente, acababa de explicar en tono pedagógico
que la orquesta se compone de familias de vientos, maderas, percusión...
y había enumerado cada uno de los instrumentos de estos
grupos. Pero la señora no entendió una cosa: "¿Por
qué no hay guitarras en la orquesta?". Después
de que el maestro Posada despeja su duda de la forma más
cortés, empieza el concierto. Las primeras obras son unos valses de Strauss
y siguen otras composiciones clásicas que el público, en especial los niños,
escuchan con la boca abierta y sonrisas entre absortas e incrédulas.
Al final viene la música colombiana y el auditorio se enloquece.
Con "Mi Buenaventura", una niña de 10 años
que luce un vestido verde menta esponjado de seda arrugada se para
en la banca y empieza a bailar como si se tratara de una chirimía.
En "Colombia tierra querida" el resto del público
no puede seguir aguantándose las ganas de bailar, cantar
y aplaudir y se une a la parranda. Con "chocoanita" olvidan
todos los restos de compostura.
Al final del concierto, una fila de varios
metros de personas quieren autógrafos del director y fotos con los músicos.
Un grupo de jóvenes que no llevaron con qué escribir
los autógrafos acuden afanadas a los periodistas y nos rapan
las libretas y los esferos. "Que pena, ya se la devuelvo,
es sólo una hojita", nos dicen. El director suda a
mares. Los trompetistas le dejan coger los instrumentos a los niños.
A más de uno se le encoge el corazón cuando un viejito
que vino en canoa desde su vereda, les dice que ahora, por fin
puede morirse tranquilo.
Así es la relación con el público desde que
en agosto de 2003 se creó la nueva Orquesta Sinfónica
Nacional con la directiva expresa de sacar la música de
los auditorios capitalinos y llegarle a todos los colombianos.
La anterior orquesta sinfónica, que enfrentaba problemas
administrativos y con el sindicato de músicos, sólo
visitó 16 ciudades en 50 años, mientras que la actual
ha llegado a 20 departamentos y 44 ciudades en sus dos años
de funcionamiento.
Lograrlo no ha sido fácil. Los instrumentos más
grandes, como los contrabajos, tienen que mandarse por tierra en
sus "sarcófagos", como le dicen a los 6 baúles
enormes y destartalados que de otro modo descansan en uno de los
tres patios de la casa de la Candelaria, sede de la asociación
de música sinfónica. Los violonchelos son muy delicados
y grandes para ir como carga en el avión de pasajeros pero
muy pequeños para ser equipaje de mano de sus dueños.
Por eso a los chelistas toca comprarles dos tiquetes. Un para ellos,
y otro para el chelo. Al final de cada gira, cerca del 10 por ciento
de los instrumentos se rajan o se dañan por el trajín
del viaje y por las condiciones climáticas.
Ser una orquesta sinfónica verdaderamente nacional también
implica aguantarse el discurso del político local que quiere
aprovechar su presencia para recaudar votos. Los músicos
deben dormir hasta siete en un mismo cuarto, bañarse con
agua fría, vacunarse contra todas las enfermedades tropicales
y hacer muchos sacrificios personales. "Todos van a terminar
divorciándose", se burlan de ellos sus colegas de la
filarmónica, la orquesta de Bogotá. Los lugares en
donde la orquesta toca (al aire libre en coliseos, iglesias...)
tampoco tienen la mejor acústica. " Pero si no fuera
así, sólo podríamos tocar en 5 sitios en todo
el país" dice el gerente José Fernando Iragorri.
La nueva orquesta sinfónica no tiene miedo de mostrarse
poco glamorosa. Para promocionar las presentaciones gratis el equipo
de comunicaciones y mercadeo suele alquilar carros con auto-parlante
al llegar a los pueblos, como si se tratara de una venta ambulante
de repuestos. El propio Irragorri, un payanés que se define
como vendedor nato, se para con las mangas arremangadas a la salida
de los conciertos a vender discos y cachuchas. Las ventas del disco
'Viaje musical por Colombia' le merecieron un disco de oro, un
caso inédito en la historia de la música sinfónica
colombiana.
Cuando le encomendaron la gerencia de la
sinfónica, Iragorri
trabajaba como banquero de inversión. Tenía la misión
de convertir la Orquesta en un ente cultural que se sostuviera
y que le llegara a toda la gente. "Yo no sé de música,
pero por lo mismo no tengo prejuicios para proponer cosas que a
nadie se le han ocurrido porque creen que son imposibles",
dice. Su primera idea parecía destinada al fracaso. Quería
hacer un concierto gratis, con música sinfónica y
música colombiana en el coliseo cubierto de Popayán,
su tierra. En el Ministerio de Cultura pensaron que estaba chiflado,
era una mezcla explosiva que de ningún modo podía
funcionar, le dijeron.
El concierto era a las 12 del día y a las 11 aún
no había llegado ni un alma. "Me quería morir",
recuerda. Pero poco a poco fue llegando la gente y al final eran
5000 personas que también se abalanzaban sobre los músicos
para abrazarlos y darles las gracias, se comportaban como si se
tratara de un concierto de Shakira. Los músicos, acostumbrados
a la distancia propia del protocolo, lloraban de la emoción.
Musicalmente, lo que hace la nueva orquesta
no le gusta a todo el mundo. El crítico de música clásica Emilio
Sanmiguel no aprecia la orquestación de música popular
y dice que prefiere oír "Yo me llamo Cumbia" en
su versión original. Juan Carlos Garay, comentarista de
música popular, coincide en que este tipo de adaptaciones
muy fácilmente pueden sonar acartonadas, como lo que comúnmente
se conoce como música de consultorio. "Para que funcione,
los arreglos tienen que ser muy originales y los músicos
tienen que interpretarlos con mucho sentimiento o el resultado
termina perdiendo frente al original".
Sanmiguel fue una de las voces más críticas que
se levantaron contra la liquidación de la vieja orquesta
sinfónica en su momento. "Lo hice principalmente porque
no creía que fueran a crear una nueva orquesta, pero ahora
debo reconocer que es un gran logro que hayan creado una que no
tiene problemas sindicales", concede. Tanto Sanmiguel como
Garay reconocen que lo que hace la orquesta en las regiones no
lo deben juzgar ellos y que es más importante lo que piensa
la gente común y corriente.
En esta medida, si en Quibdó la gente se enloquece y baila,
si en San Andrés se siente reconocida como parte de Colombia,
si en Tolú saca pañuelos blancos, y además,
a partir de la experiencia miles de colombianos empiezan a interesarse
en la música sinfónica, eso quiere decir que la Orquesta
está cumpliendo con su cometido. |